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¿Que si me duele como es mi hijo? ¿Acaso debería dolerme tener al hijo más lindo, especial y perfecto del mundo?

madre e hijoExiste la creencia de que su una madre tiene un hijo con alguna condición que se sale de “lo esperable”, esa madre seguramente sienta dolor por la condición de su hijo. Pero, si esa condición es parte de sus características, ¿se puede sentir dolor por cómo es un hijo? ¿Acaso no sentimos todas las madres que nuestro hijos son los más hermosos del mundo?

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Ser o tener… ¿esa es la cuestión?

clon_to-be-or-not-to-bePara el que tiene un hijo con alguna condición que esté catalogada como diferente, o para quienes ellos mismos entrarían en esa categoría, no debe ser nueva la discusión sobre si es correcto usar el término es o el término tiene. Se suele decir que no se es autista, sino que se tiene autismo. Que no se es diabético, sino que se tiene diabetes. Que no se es alérgico, sino que se tiene alergia.
¿Cuál sería la diferencia? El argumento es que esa condición no define a la persona, sino que solo es una parte de ella.

¿No es posible ser muchas cosas a la vez? ¿No es posible que una condición defina, aunque no sea en tu totalidad, y aunque sea de manera positiva?

Para ser más clara, voy a ejemplificar: No tengo problema en decir que soy diabética, me da lo mismo usar cualquiera de los dos términos. No creo que la diabetes me defina en mi totalidad. Puedo se diabética, buena persona, buena amiga, un poco —bastante— lenta para las matemáticas, una madre dedicada, poco hábil motrizmente, y también feliz. En fin, como todo ser humano, lo que soy como persona, está compuesto por un montón de características algunas buenas, otras no tanto, que me hacen una persona única.

Con el asperger me pasó algo similar, porque si bien es una respuesta que me ha llegado recientemente,  es resultado de un interrogante que me hago desde la infancia. Y no siento para nada negativo decir que soy asperger. Inclusive, hace poco alguien leyó un texto mío y dijo que se notaba que estaba escrito por un autista, lo cual interpreté como un halago y sé que fue dicho con esa intención, porque esa persona me estaba diciendo que se había sentido identificada con mi modo de escribir.
Una persona puede decir «tengo diabetes» o «mi hijo tiene alergia» o «soy asperger» y permitir que esto defina su vida de manera tajante, y si la definiera, ¿porqué suponer que de manera negativa? He visto personas lamentar su condición, o la de su hijo, como si se tratara de una patología terminal, como si eso que se tiene —aunque no se diga es— fuera una circunstancia que de allí en más, no fuera ni remotamente posible lograr un momento de alegría, y mucho menos, de felicidad.

Pero ¿qué es entonces lo que nos pone tan sensibles y tan a la defensiva? No creo que sea un término en sí. Creo que el problema de fondo, es la cantidad de personas que no pueden ver en el otro más allá de un diagnóstico, que lo encasillan y no le dan la oportunidad de mostrar qué otras características tiene, que otras cosas lo definen. Porque lo diferente, incomoda, da más trabajo, te obliga a romper con tus propias estructuras para hacerte pensar qué se podría hacer para incluir. Lamentablemente, para muchas personas es más fácil no tomarse ese trabajo, y justificar la exclusión por las supuestas limitaciones del «diferente».
Entonces, no vemos obligados a dar explicaciones, a aclarar: «Mirá que no soy solo esto, soy muchas otras cosas más». Y por momentos hasta nos hacen creer que está mal ser diferentes, porque si algo te genera tantas trabas en la vida, entonces seguro debe ser malo…

Entonces, ser o tener ¿esa es la cuestión? Creo que no, que todo es una cuestión de actitud, tanto desde adentro, como desde afuera.

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Ni una menos: El doble discurso también es violencia

ni una menos
Imagen: Editorial Chirimbote

María Teresa* trabajaba de lunes a viernes en un ministerio público. No era algo que le encantara hacer, pero gracias a eso comía y pagaba las cuentas.

Pero lo que realmente le gustaba, o más bien, le apasionaba, era escribir.

Todo lo que escribía estaba relacionado con su vida, sobre todo con su infancia. Usaba la escritura para desarraigar tantas cosas que tenía  guardadas en su memoria, recuerdos que si no drenaba, aunque fuera  gota a gota, se le pudrirían dentro.

Ya varias veces había intentado hablar con otras personas de esos recuerdos, de lo que sentía, de lo que había pasado, pero siempre había sido incomprendida.

Como cuando intentó explicarles a sus compañeros de la secundaria que trabajaba para  poder irse a los 18 años de su casa porque la convivencia con su padre era insoportable, y ellos le habían respondido, incrédulos: -¿Qué te vas a ir? Cuando llegues a los 18, seguro estás más cómoda ahí y te seguís quedando-.

Como si hubiera manera cómoda de vivir con una soga al cuello que te ahorca segundo a segundo. Sigue leyendo Ni una menos: El doble discurso también es violencia

¡Un aplauso a todas las obras sociales…

aplausos…que cuando uno realmente las necesita, en vez de autorizar lo que indica el médico en la orden, nos regalan el “don del aprendizaje” de manera tan altruista!

-Porque si tu hijo tiene necesidades especiales, te las rechazan con argumentos que no se sostienen con ninguna base médica, y de esa forma te obligan a ponerte a leer y aprender, para darte cuenta que las necesidades de tu hijo están justificadas por principios científicos, para lograr discutir con el médico auditor casi de igual a igual (a decir verdad, en la discusión parece que la que sabe más sos vos, pero solo es la estrategia que tiene la Obra Social para poner a prueba tus nuevos conocimientos) y reclamar lo que tu hijo necesita.
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