La maternidad y la falta de apoyos

Luego de tener a mi hijo, entré en el estado de depresión más solitario que pasé en mi vida. No estoy segura de si duró meses o años —me inclino más por lo segundo— ya que, en ese estado, el tiempo se desdibujaba y se extendía, pareciendo interminable.

No fue una depresión post parto causada por las hormonas —que también hicieron lo suyo—, sino que fue la consecuencia directa de tener a un bebé que desde que nació manifestaba muchos síntomas de una enfermedad que —si bien para el resto parecía ser invisible—, para nosotros era asoladora.

Mi hijo era un bebé que sufría un dolor gástrico indescriptible, por el que no dormía más que unos minutos de corrido —entre quejidos—, por el que no paraba de llorar de manera desgarradora día y noche, y por el que vomitaba un mínimo de veinte veces al día, y eso en los «días buenos». La maniobra para hacer que expulse el vómito cuando se ahogaba se volvió una acción cotidiana para mí.

Recuerdo una madrugada, durante el primer mes, en la que se durmió quince minutos de corrido y me desperté asustada, pensando si el tiempo «excesivo» de sueño —sí, me refiero a esos miserables quince minutos— no se debía a que se hubiera ahogado con vómito.

Y entre medio de esa situación, lo que recibía —en lugar de profesionales que me creyeran y buscaran una solución, y un entorno que me apoyara— en gran medida era la creencia de que mi bebé no tenía nada, y que lo mío era exageración. Si yo decía que mi hijo llorada de dolor gástrico, los demás decían con tono de sabelotodos: «deben ser los dientes», y cuando veían que no paraba de llorar, le revisaban los pañales, a ver si en realidad todo el problema era que yo no lo estaba atendiendo adecuadamente.

Cada vez que escribo una catarsis, intento hacerla en todo de broma, y entre medio de otras madres que se suman a hacer la propia, también entran los que juzgan: «¿Qué les importa lo que les dicen los de afuera?», o que sentencian —en muchos casos, incluso entre insultos—: «Alguien te dijo algo que no te gustó, ¿y qué? Superalo», como si lo que doliera fuera algo superficial, cuando lo que estamos haciendo es canalizar el dolor de no haber recibido apoyo cuando lo necesitábamos.

No, lo que dolió —y duele— no es tan simple como la frivolidad de preocuparse por lo que opinan los demás, por lo que dicen o piensan. Lo que duele es estar deprimida, desgarrada por dentro, con el alma desangrada, y que de las personas que esperás apoyo, recibas incredulidad, o incluso percibas su diversión por verte superada, como si estuvieran presenciando una sitcom que trata de una madre primeriza.

Ahora te hablo a vos, a quien le molesta leer este tipo de descargos, porque creés que no es para tanto y ya debiera estar superado:

Si pudiste hacer oídos sordos a las palabras de alguien que necesitaba apoyo y contención en su momento más sensible —o si leyendo esto solo sacás en limpio hacer una crítica—, más aún podrás ignorar este descargo.

Disculpá si este tipo de descargos te parecen inapropiados, excedidos, desubicados, o si te sentís aludido y te afecta de algún modo. Si leer a una madre haciendo catarsis realmente te molesta, tengo la solución para vos:

SU-PE-RA-LO.

 

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