Educar para la diversidad

Estos días me preguntaron sobre cómo se podía abordar con los hijos el tema de su diversidad neurológica, en el momento en que otros niños empiezan a hacer comentarios al respecto. Debe haber estrategias terapéuticas para abordar este tema —de las cuales no estoy en conocimiento, ya que mi niño aún no se hace esas preguntas—, pero más allá de cómo enfrentemos este tema puntual, creo que ninguna estrategia funciona si, en lo cotidiano, no educamos para la diversidad.

¿A qué me refiero con «educar para la diversidad»?

Voy a dar algunos ejemplos concretos, porque para hablar de diversidad no es necesario sentarnos a la mesa y hablar con semblante serio; la diversidad es natural, lo mismo podemos hablar de ella en el colectivo, como desparramados en el piso entre juguetes:

Diversidad racial: mientras pintábamos mi hijo se refirió al color de una fibra, como «color piel». Por supuesto, aproveché para hacerle saber que hay diferentes colores de piel, que algunas personas tienen ese color derivado del rosa, pero que hay otros.

Diversidad funcional: para nuestros hijos lo que observan a diario es regla, pero eso no quiere decir que tengan algún prejuicio con lo diferente —salvo que se los inculquemos—. Mi hijo me ha dicho cosas como que «las personas tienen dos piernas», o «las personas caminan». Ante eso, respondí que hay personas que no tienen dos piernas, y que hay personas que se desplazan en silla de ruedas. Él lo tomó con la misma naturalidad con la que se lo dije.

Diversidad sexual: haciendo juego simbólico, mi hijo mencionó que los nenes tienen mamá y papá. Lo que me encanta de él, es que no tiene prejuicios, sino que hace observaciones y saca conclusiones, pero es muy consciente que sus conclusiones muchas veces son limitadas y que luego los padres le ampliamos sus conceptos. Así que, ante la explicación de que hay diferentes tipos de familias, reaccionó igual que a cualquier otro tipo de aclaración informativa; en ese momento su mayor preocupación creo que fue decidir si jugar un rato más o pedir comida.

¿Estos conceptos no confunden a los niños?

Si viviéramos en Japón y mi hijo solo conociera personas con ojos rasgados y pelo lacio y oscuro, seguramente concluyera que así son las personas, en todos los casos. Si yo le aclarara que hay personas diferentes a esos parámetros —¡sí, incluso de pelo amarillo!—, o si se cruzara algún turista por la calle, esto no le produciría ningún dilema existencial —él seguiría siendo el mismo niño que es, la Tierra seguiría girando alrededor del sol y Walking Dead seguiría siendo ficción—.

Del único modo en que la realidad podría producirle confusión, sería si yo le hubiera negado u ocultado la existencia de la diversidad, o si le hubiera inculcado que solo las personas de ojos rasgados eran las «correctas».

Lo sé, es una utopía

Sí, soy consciente de que mi ideología, al menos por el momento, está destinada al fracaso. Sé que mi hijo hoy no tiene prejuicios, pero que la sociedad está repleta de ellos y que en algún momento se enfrentará a su propia diversidad vista desde los ojos de otros. Pero también sé que si, de un día para el otro, quisiera inculcarle el concepto de neurodiversidad solo como consecuencia de que fue discriminado, y si antes de eso le hubiera dado continuas señales de intolerancia a la diversidad, no va a haber enfoque terapéutico que haga que él no note la contradicción. Nos les podemos vender el concepto de su propia inclusión, cuando en lo cotidiano nos mostramos reacios a incluir a personas diferentes a nosotros; así como no podríamos convencer a un niño de que comer verduras es más conveniente, mientras con todo gusto nos zampamos un Big Mac.

¿No es lindo pensar que si las personas creciéramos con el concepto de que todos somos diferentes y que no hay modos correctos e incorrectos de ser, no sería necesario tener que hablar de diversidad en términos terapéuticos y técnicos, como si esta no fuera natural?

Sí, tal vez hoy es una utopía, pero eso no significa que lo sea mañana…Vale la pena intentarlo.

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