Ni una menos: El doble discurso también es violencia

ni una menos
Imagen: Editorial Chirimbote

María Teresa* trabajaba de lunes a viernes en un ministerio público. No era algo que le encantara hacer, pero gracias a eso comía y pagaba las cuentas.

Pero lo que realmente le gustaba, o más bien, le apasionaba, era escribir.

Todo lo que escribía estaba relacionado con su vida, sobre todo con su infancia. Usaba la escritura para desarraigar tantas cosas que tenía  guardadas en su memoria, recuerdos que si no drenaba, aunque fuera  gota a gota, se le pudrirían dentro.

Ya varias veces había intentado hablar con otras personas de esos recuerdos, de lo que sentía, de lo que había pasado, pero siempre había sido incomprendida.

Como cuando intentó explicarles a sus compañeros de la secundaria que trabajaba para  poder irse a los 18 años de su casa porque la convivencia con su padre era insoportable, y ellos le habían respondido, incrédulos: -¿Qué te vas a ir? Cuando llegues a los 18, seguro estás más cómoda ahí y te seguís quedando-.

Como si hubiera manera cómoda de vivir con una soga al cuello que te ahorca segundo a segundo.

La vez que lo compartió con su preceptora, fue  un momento muy emotivo. Lloró, se descargó, y por lo menos creyó que tendría algo de contención desde algún lugar. Pero a los pocos días, esa misma persona le comunicó que en cinco minutos de charla con su padre, había llegado a la conclusión de que María Teresa mentía, ya que ella le había preguntado si era verdad que él fuera violento con María Teresa y su madre, y él lo había negado.

María Teresa recordaba cómo en ese momento sintió que el mundo se le venía abajo: su padre se había enterado que ella había roto con el secreto con que tanto él la había amenazado para que no contara.

¿Qué esperaba esa mujer? ¿Que su padre, lo mas sonriente, aceptara su naturaleza violenta y psicópata?

Tal vez hubiera sido mejor (pensaba María Teresa), que su padre fuera menos “cuidadoso”, y alguna vez le hubiera dejado un ojo negro. De ese modo sería más fácil que le creyeran.

Por eso decidió no intentar mas sentirse comprendida y compartir sus sentimientos solo con una hoja de papel, pero tuvo que esperar a irse de su casa, hasta los 18 años, porque sabía que sino su padre, quien no había centímetro que la casa que no dejara sin revisar, encontraría lo que escribiera.

Cuando era más grande, en su trabajo le preguntaron por qué no tenía relación con su papá. Hizo algún cometario “por arriba” sobre su infancia difícil, y no sólo que no se lo tomaron enserio, sino que la increparon porque tenía a “su padre” (ella ya no sentía que tuviera que llevar ese título, no lo había ganado) con vida, y no aprovechaba para estar con él. Ahora además resultaba que ella debía sentirse culpable.

Pasaron los años, y ella escribió, y siguió escribiendo. Hasta que un día, sin darse cuenta, terminó el ultimo renglón de lo que podía ser un libro.

Lo leyó y lo re-leyó. Lo pensó y lo re-pensó. Y finalmente decidió intentarlo: María Teresa iba a publicar su libro.

El problema era que en él describía, de manera muy detallada, su infancia. Así que decidió publicarlo con un alias: Rebecca.

El libro de Rebecca tuvo cierta trascendencia, pero la real difusión llegó cuando le ofrecieron llevar su historia al cine.

La fila de los cines daba vuelta a las esquinas en todas las funciones. En todos lados se comentaba, y si alguien todavía no la había visto, cuando le mencionaban la película decía que apenas pudiera iría a verla.

En su trabajo ya la habían visto todos, sin saber que la verdadera autora era María Teresa, y mucho menos, que esa había sido su propia vida, así que hablaban de cada escena en detalle:

-¡Cómo le pegaba a la madre, que horror, arrastrándola de los pelos por toda la casa!-

-¿Qué tipo de bestia puede pegarle a un niño con un cinturón? ¿Agarrarlo del cuello, darle la cabeza contra la pared? Esos tipos tienen que estar presos-.

-¿Y cómo nadie hizo nada? ¿Todos miraban para otro lado?-.

-¿Se imaginan una vida así?  Todo cerrado con llave y candado, teléfono, puertas de toda la casa… Que cuando te bañas te apaguen el calefón y te abran la puerta. Realmente debe ser enloquecedor el día a día-.

-Y encima tener que vivir con la amenaza de que te van a encerrar y te van a prender fuego adentro de tu casa. ¡Un verdadero horror!-

Y así, escuchaba relatar cada episodio de su infancia (que se había transformado en una de las películas más “pochocleras” del momento) con la fascinación morbosa del que ve más realidad en una pantalla, que en la historia del tiene al lado.

–Que irónico- pensó ella, y en un momento no se aguantó más, y les dijo:

-Mi papá no era muy diferente al hombre de esa película-.

Todos la miraron sorprendidos, y un segundo después, largaron la carcajada al unísono. – ¡Andá, Rebecca!- Le dijeron en tono burlón, quienes obviamente no sabían que se trataba ni más ni menos que de su propio pseudónimo, y de su propia historia.

A lo que ella respondió: -Dejen, dejen, sigan comiendo pochoclos-

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Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

 

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Un comentario en “Ni una menos: El doble discurso también es violencia

  1. Nada más cierto que eso, lo que vemos en televisión, el cine u otros medios de comunicación masiva son mucho más impresionables y creíbles que el relato directo cara a cara, sin tener conciencia de que eso que vemos es ampliamente superado por la realidad y por lo mismo a más de contribuir al dolor de la víctima con el descreimiento y la negación de lo que escuchamos, somos incapaces de actuar y brindar el auxilio que piden las víctimas ….

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