El Hada Lidia. Un cuento sobre autismo, para los más chiquitos.

hada lidia - copia (2) - copiaEn la Escuela de Magia Multicolor aprendía el Hada Lidia sus primeros encantamientos.
La hadita tenía 6 años, una cabellera oscura y brillante que reflejaba el sol; unos ojos y una sonrisa que iluminaban todo a su alrededor, y unas alitas adornadas con polvo de estrellas.
Ella quería aprender a hacer magia para ayudar a la gente, y pensaba que algún día sería grande y sabría lo suficiente para lograrlo. Pero lo que no sabía era que, a pesar de su corta edad, su determinación por ser un hada bondadosa ya inspiraba a muchos a querer ser mejores personas.
En las clases de magia, ella y sus compañeros tomaban nota de todos los encantamientos que les enseñaba el Mago Maestro.
Un día notó que uno de sus compañeros magos no escribía en su cuaderno como los demás y tampoco hablaba. Entonces, el Hada Lidia, que siempre se preocupaba por saber lo que les pasaba a los demás para tratar de ayudarlos, le preguntó a su mamá por qué ese niño-mago se comportaba de ese modo.

Su mamá le explicó que las personas son como los colores: todos diferentes, y gracias a eso, el mundo es más hermoso.
Lidia trató de imaginarse un mundo en el que existiera un solo color: el cielo, las nubes, los árboles, los pájaros, las mariposas, todos de un mismo color. Su mamá estaba en lo cierto, un mundo sin colores diferentes sería muy aburrido. ¡Si el arcoíris fuera de un solo color ya no sería un arcoíris!
Su mamá también le explicó que todas las personas tienen poderes naturales desde su nacimiento. Le contó que en la ventana de su cuarto había una flor que estaba un poco marchita, pero en el mismo momento en que Lidia nació, la flor se revitalizó y se puso de un color rosa brillante. Además, el Hada madre le reveló algo que Lidia no había notado aún: que tenía el poder natural de alegrar todo lo que hubiera a su alrededor. Cuando entraba a un jardín, las flores marchitadas por el sol volvían a cobrar fuerza, a las que se le habían caído algunos pétalos, le volvían a brotar, y sus colores se avivaban.
Le dijo también que su compañero mago seguramente se comunicaba de algún modo, aunque no fuera hablando como ella, y que seguro, segurísimo, él tenía sus propios poderes naturales, que sólo debía observarlo y ella misma los descubriría. Porque lo importante en la amistad no es que todos seamos iguales, sino que aceptemos al otro como es, y que lo valoremos por sus virtudes, porque todos las tenemos.
Lidia se tomó muy enserio lo que su mamá le había aconsejado, ya que su Hadamadre tenía el poder de encontrar siempre las palabras justas para aconsejar a los demás.
Así fue que, con el paso de los días, Lidia pudo observar que el niño mago se comunicaba por medio de sus juguetes mágicos. También observó que si ella le dibujaba lo que quería decirle en vez de decírselo con palabras, él entendía mucho mejor. Y se dio cuenta de que no era necesario que él hablara o escribiera, podían ser amigos comunicándose por medio de dibujos y juguetes.
Descubrió que el niño mago era muy bueno para ver detalles que normalmente los demás pasaban por alto. Por ejemplo, sólo él se daba cuenta si un insecto minúsculo tenía una patita lastimada, y tenía el poder de sanarla. Si había alguna hormiga con los pies cansados de tanto caminar, el niño mago con su poder lograba hacer que ya no le dolieran. Si a una libélula se le había torcido una antenita, él lograba enderezarla.
Con el tiempo el Hada y el Mago se hicieron muy amigos, crecieron y se dedicaron a enseñar en la Escuela de Magia Multicolor, para que cada niño descubriera sus propios poderes naturales y aprendiera a usarlos. Y siempre que podían ayudaban a toda persona que lo necesitara, y por supuesto, también a las flores, a los animales, y hasta al insecto más chiquitito.

Historia de la Lidia del mundo real, la que inspiró este cuento: Lidia tiene Esofagitis Eosinofílica. Su mamá, Cristina Parra, es la fundadora de la Asociación Española de Esofagitis Eosinofílica , y me ayudó cuando empecé a sospechar que lo de mi hijo no era solo alergia. Hace un tiempo Lidia le comentó a su mamá que tenía un compañero del que notó que no sabía escribir ni hablar, y que iba con una acompañante que le llevaba juguetes especiales para la clase. Le preguntó cómo podía hacer para enseñarle ella. Para ella, y ojalá para muchos chicos mas, va este cuento ©

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