La jungla sensorial: los desórdenes sensoriales en el espectro Autista ©

1.jpgDibujo: Ana Valle Ocando

 

Vas camino a cursar tus estudios, salís con un plano de tu ciudad, porque te desorientas muy fácilmente. ¿Viste cuando eras chico y no sabías dónde estabas si perdías de vista a tu mamá? Esos segundos en que te sentís perdido en el medido de la nada. Bueno, eso lo experimentas día a día. Por suerte sos adulto y te inventaste maneras de compensarlo: miras el plano antes de salir, qué recorrido hacer, cómo volver ¡Pero que no se te vaya a olvidar el plano olvidado en tu casa, eh! Ahí te quiero ver, dando vueltas, desorientado por toda la ciudad.

Te subís al colectivo. El momento previo anticipas que tenés unos segundos para pasar la tarjeta, y te das cuenta que es poco tiempo para resolver dónde corno la tenés que apoyar y en qué posición; seguro te termina ayudando alguien… Ya te pones nervioso de solo pensarlo. El vehículo se balancea, lo cual, como siempre, te descompone. Y la gente que se perfuma: «¡¿Por qué tanto?!» les querés gritar, mientras sentís las nauseas recorrer tu estómago como si un alien te poseyera. Pero el único que lo percibe sos vos, porque los olores dulces te llegan sin escalas, directo al sistema límbico. Peor sería ir en taxi, con sus perfuminas y su «acelero, freno, claxon», son el diablo mismo en forma de vehículo.

Llegas al aula y te encontrás con gente conocida. El momento del saludo es incómodo —obvio que no decís nada e intentas disimular—, pero nunca sabés como tenés que saludar a las personas —si realmente tenés que saludarlas—; así que esperás que ellos inicien un movimiento y copias. Cuando eras chico era más fácil, no te saludabas con casi nadie, a tu único amigo le pedías que no te tocara, y problema resuelto.

Los demás conversan… ¿De dónde sacarán tantas variaciones de respuestas a temas sin importancia? Tratas de seguir el hilo de lo que hablan, pero no los conocés mucho, así que te cuesta comprender lo que dicen. Intentás repetir en tu cabeza la última frase en la que entendiste las palabras, pero no el sentido. Tu GPS de conversaciones te dice: «rRecalculando, recalculando, recalculando…». Antes de que te des cuenta, estás otra vez inmerso en tus pensamientos, hablando con vos mismo, repasando detalle a detalle ese tema que tan atrapado te tiene; no importa cuántas veces al día tu cabeza haga un repaso, nunca es suficiente.

Volvés a bajar a la tierra cuando te das cuenta que todos te miran. Resulta que están organizando para juntarse a tomar mate y te preguntan qué día podés. Pensás: «¿Para qué querrán juntarse?». Les agradecés la invitación, pero les aclarás que no te interesa, y que si tuvieras ganas de conversar, lo harías con amigos.

Comienza la clase. La gente se para, se sienta, mueve un brazo, escribe, habla, murmura, se ríe, se ponen perfumes; y vos todo eso lo recibís sin que tu cerebro filtre nada, como información esencial detalle a detalle. Te empieza a doler la cabeza; las migrañas cada vez son peores. Ya de chico te hicieron hasta electroencefalogramas, y te dijeron que no tenés nada. Entonces no tener nada se siente como el culo, la cabeza se te parte. Y empeora si tenés que mirar a las personas a los ojos. Ya pasaste la etapa de correrle la mirada a los desconocidos de manera alevosa; avanzaste, ahora los miras unos segundos a la cara, pasas a las manos, miras alrededor, y así vas descansando sin que se note que si los mirás mucho te duelen los ojos, bien adentro. Son demasiadas sensaciones. Cuando todo empieza a dar vueltas, tenés que encerrarte un rato en el baño.

A pesar de todo, te convencés de poner todo tu esfuerzo para no volver a dejar de estudiar, que no te supere nuevamente el desafío. Otra vez no.

Volvés a tu casa, agotado, con tu planito y tu tarjeta endemoniada. Te preguntas: «¿Cómo puede ser que tenga tanta facilidad para algunas cosas, y algo tan simple como ubicarme en la calle y tomarme un micro, sea todo un desafío?

A la noche tenés el cumpleaños de una persona cercana, sino ni irías. No lo pensaste antes, pero a último momento te das cuenta que va a haber gente que no conoces y empezás a ponerte ansioso. Un cumpleaños en el que va a haber música «fuerte» —evidentemente, lo que es fuerte para vos, para los demás es normal— sumado a las conversaciones… Nunca entendiste que a la gente le guste hablar y escuchar música a la vez, lo sentís enloquecedor. Va a ser una pesadilla.

Puede ser que termines zafando. Como siempre, te sentís mal antes de ir, y ya tenés la excusa para faltar. O vas, a pesar de toda tu ansiedad y, quien te dice, tal vez no haya música fuerte; tal vez puedas charlar sin sentirte mal; y tal vez las personas que te quieren y conocen no te dejen nunca solo, porque saben que si están con vos, no sentís que las cosas se descontrolen tanto. Y tal vez, quien te dice, tal vez hasta la pases bien.

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Un comentario en “La jungla sensorial: los desórdenes sensoriales en el espectro Autista ©

  1. Me parece excelente el esquema mental y las situaciones que se suceden como patrones y nos abruman sin más luego los olores, el chismerío de detrás, la ventana abierta Por dónde me entra frío, tocar el timbre una vez o ya lo tocó el que está al lado y si lo tocó Y es de los que no suena pero lo toque muchas veces?; Y si hay una obra justo donde me baja y tengo que dar una vuelta para saber por dónde ir y cómo llegar? Abrumados por las actividades de la vida diaria gran nombre para grandes y sofocantes destrezas.

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